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Uno de los grandes ausentes del debate social, y también de la legislación sobre el aborto, es el padre del nuevo ser humano. Al padre ni se le exigen responsabilidades ni se le reconocen derechos. No se le tiene en cuenta. Con la mera decisión, unilateral, de la gestante basta para anular el derecho a la vida del que va a nacer.
Otra de las grandes mentiras que se nos intentan transmitir es que nuestros actos no tienen ninguna consecuencia. Pero esto que, con carácter general, es falso, adquiere un dramatismo particular en el caso del aborto donde se elimina la vida de un ser humano indefenso y, con frecuencia, se silencian las graves consecuencias psicológicas y morales que tiene para las mujeres que abortan. Son muchísimas mujeres en todo el mundo las que pueden dar testimonio de cómo, pretendiendo “solucionar un problema”, han causado uno mayor, quitando la vida a su hijo y destrozando la suya propia.
A la mujer que se acerca con dudas, la nueva ley del aborto le ofrece un sobre cerrado que podrá leer en un plazo máximo de tres días. Sin embargo, la gran cantidad de personas que trabajan a diario a favor de la vida saben hasta qué punto ésa no puede ser la respuesta. A las gestantes en dificultades hay que ofrecerles la acogida de un corazón abierto, el consuelo para sanar sus heridas y la ayuda real que no las deje solas en una situación tan complicada.
Es una alegría el testimonio de tantas madres y padres que, gracias a la ayuda recibida, han decidido por fin acoger a sus hijos, reconociendo en ellos un don que trae sentido a sus vidas.
Donde existe un cuerpo humano vivo, aunque sea incipiente, hay un ser humano y una dignidad humana inviolable. Desde ese primer instante, la vida del nuevo ser merece protección. Es un tú en ti. Su vida está en tus manos.